Aviación en el futuro Reino de María

 

Redacción (Jueves. 22-11-2018, Gaudium Press) Ciertamente la navegación aérea ha sido uno de los grandes logros del progreso humano. Sabido es que el hombre siempre quiso volar. ¿Será acaso un remanente paradisiaco? ¿Añoranzas de una era en que tenía capacidad para hacerlo? La leyenda griega de Ícaro y su padre puede ser una confirmación de ese anhelo, aunque en esa mitología volar fue la única solución que estos dos personajes encontraron para huir del laberinto en que los encerró el rey de Creta.

Sin embargo, en casi todos los pueblos de la antigüedad, hallamos referencias míticas al deseo de volar aunque sea en alfombra mágica. Es difícil creer que en el pasado los hombres no sintieran ganas de volar al ver cruzar las aves, y pensaran lo maravilloso que sería mirar la tierra desde las alturas. Y no simplemente desde una alta montaña sino desde el propio aire, como los pájaros.

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Pero ¿volar para qué? ¿Solamente para viajar e ir rápidamente de un lugar a otro en el menor tiempo posible? Volar para ir a hacer un negocio y regresar apresurado al sitio de partida, para hacer una visita, para conocer algún sitio o para participar de alguna reunión, es un medio de transporte y nada más. Probablemente no era eso lo que los más soñadores de cosas maravillosas pensaban cuando anhelaban volar. Claro que no faltarían los espíritus prácticos, pragmáticos y materialistas para los cuales volar sería una gran solución a sus afanes de comerciar y enriquecerse. Otros -tal vez los que todavía conservaban en el alma la inocencia maravillosa de los niños- querrían volar para contemplar y despejar nuevos horizontes mentales en su espíritu: eso fue lo que al parecer motivó a los hermanos Montgolfier en Francia en el siglo XVIII. El plan era pasear en globo por encima de París y sus campos aledaños. Pero la idea se fue perfeccionando cada vez más hasta llegar a lo que hoy disfrutamos... y padecemos.

Se trata ahora es de subirnos y amarrarnos en los cómodos asientos de un enorme tubo, desde los cuales tenemos una visión limitada de las espaldas y nucas de nuestros acompañantes y nada más, cada uno sumergido en lo suyo, incluso el que nos toca al lado: una revista, un video, unos audífonos para música o noticias, etc. El ruido afuera y la contaminación de los motores es sencillamente terrible, dicen los expertos. El oxígeno adentro es muy condicionado y a veces se corre cierto riesgo de compartir alguno que otro virus o bacteria.

Pero lo más lamentable -excepto para la minoría que va en las ventanillas- es no poder estar durante todo el viaje contemplando la inmensidad del cielo y las nubes que lo adornan, aunque sea viajando por encima de ellas, observando ese maravilloso piélago blanco refulgente, a veces rizado, a veces liso, otras con extraños promontorios que parecen figuras o nuestra imaginación las transforma en ellas. Cuando se coincide con atardeceres o amaneceres, el espectáculo es sencillamente maravilloso. Sería tener un espíritu muy corto y apocado dejar pasar con indiferencia un panorama de esos y no conmoverse ante la grandeza de esos horizontes, pensando en Dios. Sí, en Dios el Creador de todo, incluso del hombre y de su potente inteligencia que lo llevó a descubrir y entender las leyes físicas y mecánicas puestas por Nuestro Señor en el universo para su mayor gloria y bien de sus criaturas y con las que inventamos la aviación.

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Viajar por el aire en el Reino de María será una combinación equilibrada entre lo práctico necesario y todo lo maravilloso que se pueda obtener de un viaje aéreo.

Es probable que se fabriquen naves no necesariamente en forma de tubos y con amplios y resistentes ventanales acrílicos de colores transparentes, para así tener una extensa visión panorámica. Que se pueda viajar sin ruido y sin contaminar la atmósfera. Que se pueda pasear adentro y sentarse en elegantes y cómodas sillas giratorias dispuestas en forma de salón, para poder conversar y socializar compartiendo música y comidas entre todos, dejando de lado esa egoísta individualización y mutismo a lo que se nos obliga hoy, al menos en la clase económica que es la que usa la mayoría de la gente. Desinhibidos y maravillados, poder comentar los panoramas y los paisajes como niños encantados, y al comenzar a aterrizar, disfrutando la vista general de una ciudad o una campiña desde el aire, rezar una oración agradecida a Nuestra Señora de la Estrada y a nuestros buenos ángeles custodios. La misma o parecida a la que entonarían los pilotos con todos los viajeros antes de despegar, usando su clínico ojo de aviadores en estado de gracia para explorar cómo está el tiempo y no consultando tanto aparato en el atiborrado tablero de mando de las cabinas de hoy.

Por Antonio Borda