La iglesia mágica y materna de un arrabal afuera de las murallas

 

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Cartagena (Jueves, 11-10-2018, Gaudium Press) Lamentablemente no se encuentra abierta muy frecuentemente. Pero cuando despliega sus batientes para acoger al peregrino, la Iglesia de la Santísima Trinidad del barrio Getsemaní, de Cartagena de Indias, ofrece la sensación de calurosa maternalidad, un recibimiento alegre, incluso festivo, pero con clase y serenidad, una categoría que desapareció casi de las construcciones modernas.

Tiene algo de la Catedral cartagenera, aunque en tamaño menor, pues era la Trinidad la iglesia que se construyó para el arrabal, para los vecinos de las afueras de la gran ciudad amurallada que era la Perla española en América, pues las otras iglesias les quedaban muy lejos (San Pedro, el santuario donde están los huesos del esclavo de los esclavos, Pedro Claver, queda a seis minutos caminando, es decir nada... pero son las distancias y los tiempos de esas épocas, de cuando la civilización era humana y no mecánica). Son las columnas internas que terminan en arcos de medio punto, columnas que resultan delgadas y hasta frágiles para el amplio espacio interior que abren. Son los colores tropicales, es el tipo de piedra porosa y medio coralina con las que están hechas las columnas.

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Era una iglesia para el pueblo, digna y dignificante para el pueblo de Dios.

No es un pináculo. No son los mármoles magníficos o abundantes, o las tallas obras-primas, o los vitrales de piedras cuasi-preciosas o la monumentalidad. Es simplemente la fe de un pueblo que combinó su generosidad con sus rasgos de personalidad y el estilo propio a una época los cuáles se juntaron para dar en una pequeña-gran maravilla.

Más inclusive que otras más suntuosas -no sabemos el por qué- la iglesia de la Trinidad tiene la potencialidad de transportarnos a otras épocas, de hacernos oler y degustar esos tiempos en que las damas trajaban como damas, los caballeros eran caballeros, épocas en las que la vida no era agitada sino pausada acorde con los ritmos de la creación. Sí, era una vida esforzada, no es sino pensar en los esfuerzos requeridos para tornar realidad esas construcciones, pero un esfuerzo que desgastaba varonil y lentamente, y dentro de una civilización en la que el sufriente podía reponerse en la conversa amena con vecinos durante la brisa de la tarde, o en el paseo por el malecón con la familia, o en el reposo asegurado tras espesos muros de adobe que a veces circundaban un patio con refrescante aljibe. No sé si sea la oportunidad de decir aquí, pero lo diremos: ¡Qué mentira y qué tortura es este mundo del plástico y de los rascacielos cúbicos!

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En un ambiente de amena sublimidad como el de la iglesia de la Trinidad, las cosas sencillas adquieren sublimidad como por ejemplo el bello cuadro del bautismo de Cristo, o el San José Florido con el Divino Niño, quien nos dice que nos puede proteger como lo hace con Cristo Infante en sus brazos.

El solo meditar en la iglesia de la Trinidad nos trasporta a una atmósfera donde deseamos la virtud, donde degustamos la verdadera paz, que es la tranquilidad en el orden.

Los tiempos del orden volverán -por una gracia de Dios-, porque el desorden tiende a su autodestrucción.

Por Saúl Castiblanco