Las alegrías de Nuestra Señora en la Asunción

 

Redacción (Viernes, 16-08-2019, Gaudium Press) En días pasados el mundo católico celebró la festividad de la Asunción de la Virgen.

Por eso, traemos para la sección Espiritualidad consideraciones sobre Nuestra Señora de la Asunción hechas por el conocido pensador católico brasileño, Prof. Plinio Corrêa de Oliveira:

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Coronación de María Santísima - Fra Angélico, Galleria degli Uffizi - Florencia-Italia


Debemos no solo alegrarnos con las buenas cosas que ocurren en nuestras vidas, sino también pensar en las alegrías extraordinarias de la Asunción, después de la cual María Santísima fue coronada como Reina del cielo y de la tierra.

En el día de la Asunción, Nuestra Señora estaba en la plenitud de su santidad. Su alma purísima, que durante toda su existencia terrena no dejara un instante de progresar en la vida espiritual, había llegado a un clímax que la hacía poseer la perfección perfectísima, la belleza bellísima, la virtud virtuosísima.

Se encontraba Ella en el apogeo de los apogeos; su amor a Dios nunca fuera mayor que en aquel momento.

Amor entusiástico de todos los Ángeles

Podemos imaginar el estado de espíritu de quien sabía estar presta a gozar de la visión beatífica, conducida por un cortejo infinito de Ángeles, de los cuales recibía los mayores homenajes posibles, como nunca ninguna reina del mundo recibiera o recibiría.

Además, la Santísima Virgen era capaz de comprender la naturaleza, luz primordial y gracia de cada Ángel, el amor que ellos tenían a Dios y el amor del Altísimo por cada uno. Poseía también un conocimiento perfecto de la veneración y el culto de hiperdulía prestados por los millones y millones de Ángeles que a Ella se dirigían, aclamándola con el mayor respeto y amor, y sentía una alegría completa al oír esas alabanzas, consciente de merecerlas por ser Madre de Nuestro Señor Jesucristo y espejo fidelísimo de Él.

¿Qué sería para una mera criatura humana, como era Nuestra Señora, verse objeto del amor entusiástico de los espíritus celestes, alegres por recibir en el Cielo a su Reina?

Coronada como Reina del cielo y de la tierra

Después de Ella haber recorrido con su pensamiento y mirar a todos esos Ángeles y haberse encontrado con las almas santas que ya habían subido al Cielo después de la Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, después de haberse encontrado con su esposo San José e intercambiado con él un saludo lleno de un respeto y un afecto de los cuales ni siquiera hacemos idea, la Asunción alcanzara su término. Llegó la hora de la coronación.

Ella sería reconocida por la Santísima Trinidad como Reina de los Ángeles y los Santos, del cielo y la tierra, y eso motivó una fiesta en el cielo. No lo digo como hipérbole, pues creo que haya habido allí una verdadera fiesta, aunque en términos y modos que no podemos imaginar.

La coronación marcó el auge total y pleno de su alegría, ahora ya sin sombra, sin mancha, sin incerteza, sin preocupación, sin la menor nube. Había sido reconocida como Reina por ser Madre de Nuestro Señor Jesucristo, Hija del Padre Eterno y Esposa del Divino Espíritu Santo.

¿Qué significó para Nuestra Señora el primer instante de la visión beatífica - instante eterno, porque el cielo es eterno -, la primera alegría de la visión directa de Dios? Pues bien, la Asunción era el camino a recorrer para llegar hasta allá y María Santísima lo sabía y deseaba ardientemente. Habiendo eso en la mente, es posible aquilatar los océanos - yo diría, las infinitudes - de alegrías que inundaron su alma santísima en aquel día.

Nuestros dolores serán transformados en alegrías

¿Podemos sacar algún provecho de esas consideraciones y encontrar en ellas una aplicación para nuestra vida espiritual?

Evidentemente sí.

Nosotros también somos llamados a subir al cielo. Luego después de la muerte, nuestras almas serán juzgadas, presentadas a Nuestra Señora y, por la misericordia de Ella, en cierto momento gozaremos de la visión beatífica.

Estando en las delicias del cielo, disfrutaremos de la familiaridad con los Ángeles, con los Santos. Nos encontraremos nuevamente unos con los otros, y una de las mayores fuentes de alegría que allá tendremos será recordar los dolores de esta tierra y todo cuanto aquí pasamos.

Al encontrar alguien con quien teníamos implicancia, diremos:

- ¿Oh, querido mío, el señor se acuerda de aquel desacuerdo entre nosotros? ¿De los aborrecimientos que le di? Mire, por causa de eso yo pasé en el Purgatorio tanto tiempo...

El otro responderá:

- Yo también aborrecí al señor, pero Nuestra Señora nos perdonó y en función de eso se estableció entre nosotros un vínculo de amistad todavía mayor. ¿Acuérdate de los favores que Ella nos concedió? ¿Y de fulano y sicrano, que eran tan nuestros amigos?

- ¿Sí, dónde ellos estarán? - preguntará el primero.

- Vea, ellos están allá - responderá el otro.

Yo no tengo la menor dificultad en admitir que habrá fiestas en el Paraíso Celeste, en las cuales todos juntos alabaremos de un modo especial a María Santísima. Los dolores que padecemos en el momento presente serán transformados en alegrías superabundantes, en satisfacciones insondables, que nos inundarán durante toda la eternidad.

Eternidad perpetuamente nueva, animada, emocionante

Mis queridos, nuestra vida puede durar treinta años, cincuenta años, pero pasa. Ella representa menos que un minuto cuando nos colocamos en la perspectiva de la eternidad. ¡Sufrimos ahora; después, sin embargo, cuántas alegrías tendremos! Y una de las mayores de ellas será mirar para Nuestra Señora.

Hay una historia medieval, bastante conocida, referente a cierto hombre que pidió mucho para verla. La Madre de Dios le apareció y él quedó encantado. Pero, cuando Ella se retiró, estaba ciego de un ojo. Entonces un Ángel le preguntó si quería verla nuevamente, con la condición de perder la otra vista. Él pensó un poco y respondió:

"¡Quiero! Vale la pena quedar ciego para ver a Nuestra Señora una vez más. ¡Cualquier tiniebla es aceptable, desde que, por un instante, yo pueda poner mis ojos en esa luz!"

La Santísima Virgen vino de nuevo. ¡Él la contempló ampliamente y, cuando la celeste visitante se fue, estaba curado de la otra vista!
¡Si es tan magnífico ver a Nuestra Señora, imaginen lo que significa contemplar a Nuestro Señor Jesucristo! Y, después, la esencia de Dios en la visión beatífica... ¡Todo eso eternamente, por los siglos de los siglos!

Y ahora pregunto: en comparación con esa eternidad fija, inmóvil, pero perpetuamente nueva, sin falta, extremadamente interesante, curiosa de ver, animada, emocionante, ¿qué es esta vida pasajera? No es absolutamente nada, es una escoria. Delante de ella tenemos la impresión de que la vida presente es, más que una realidad, una pesadilla.

Cuanto más sufrimos, más debemos acordarnos de la gloria

Entonces, pensar que en la eternidad vamos a tener alegrías análogas a las de Nuestra Señora, y que nuestra ida al Cielo en algo se asemejará con la Asunción de Ella al Paraíso Celeste es, a mi ver, la mejor de las meditaciones.

Se presenta Nuestra Señora con el corazón circundado de rosas blancas, para recordar su pureza, y perforado por siete gladios.

Evidentemente son gladios espirituales, que simbolizan el alma de Ella herida por la espada de dolor prenunciada por el profeta Simeón.

Me gustaría ser pintor para representar a María Santísima subiendo al Cielo, con el Corazón de muestra, y saliendo de esos siete gladios la más intensa luz que se pueda imaginar. Porque el gran júbilo de Ella provenía de los tormentos sufridos, de las luchas aceptadas...

Esa será también nuestra alegría.

Cuanto más sufrimos en esta tierra, más debemos acordarnos de la gloria que tendremos al subir para el Cielo, y de la felicidad que gozaremos por los siglos de los siglos.

En la Letanía de Todos los Santos, hay una jaculatoria que siempre me impresionó mucho: "Señor, dignaos elevar nuestras almas al deseo de las cosas celestes".

Es haciendo meditaciones así que percibimos la grandeza de las "cosas celestes", y eso nos da alegría y entera consolación para soportar las cosas de la tierra.

(Extraído, con adaptaçiones de la revista "Dr. Plinio". São Paulo. Ano XVII. N.197 (Ago., 2014); p.18-23)