Los inocentes pastorcitos fueron muy discretos

 

Redacción (Viernes, 10-05-2019, Gaudium Press) Mamá preguntó qué era lo que decían las vecinas que la niña había visto por ahí. No sé bien, respondió la pastorcita; parecía una persona envuelta en una sábana. No se le veían las manos ni los ojos. ¡Tonterías de niños! dijo la mamá con desprecio.

Pero la pastorcita de apenas siete añitos ya cumplidos en aquella primavera portuguesa de 1915, sí había visto algo con sus otras tres compañeritas, desde el cerro en dirección al pequeño valle arbolado. Y en dos ocasiones más volvieron a ver lo mismo las cuatro pastorcitas, justo apenas terminaban de rezar el rosario mientras vigilaban las ovejas del rebaño. Lucía con su piedad siempre fue algo así como cabecilla y guía en los pastoreos, y sus amiguitas lo aceptaban con la mayor naturalidad. Sin embargo la niña no lo comentó con nadie y fueron sus tres compañeritas las que divulgaron por la comarca aquella extraña aparición: "Vimos -dice Lucía en sus memorias- como suspendida en el aire sobre el arbolado, una figura como si fuera una estatua de nieve que los rayos del sol la volvían transparente". Ya habían comido su merienda y por firme disposición de la niña, estaban terminando el rosario. ¿Qué es aquello? Preguntaron las pastorcitas asustadas. ¡No sé! Respondió Lucía, y terminaron las oraciones.

4.jpg

Sin ser ella la que difundió el asunto, y tal vez por ser la mayorcita del grupo, la gente comenzó a preguntarle, ella a no saber qué responder y la familia -especialmente las hermanas mayores- a ironizarla quitándole las muestras de cariño que antes le tenían pues era la menor de la casa. Lucía inició entonces, sin todavía saberlo, el camino de sufrimientos, desprecios, maltratos, insultos, burlas y palizas que le vendrían incluso hasta semanas antes del día en que sucedió el famoso milagro del sol, el 13 de octubre de 1917.

Un tiempo después, en el otoño de 1916, la pastorcita cambió de compañeritos y esta vez serían sus dos primos Francisco y Jacinta que irían con ella al pastoreo juntado los dos rebaños de las familias. Y también con ellos las apariciones volvieron a darse.

Jugaban a las Chinas -continua en sus memorias, y ya habían terminado de rezar, cuando vieron la misma resplandeciente y blanca figura sobrevolando los olivares y resueltamente en dirección a ellos. Esta vez se le distinguían bien las facciones y Lucia cuenta que eran las de un bello joven muy serio de unos 14 o 15 años. ¡No teman¡ les dijo, soy el ángel de la Paz. ¡Rezad conmigo¡ les ordenó. Y arrodillándose posó su frente en tierra mientras les enseñaba la primera jaculatoria que hoy todavía algunos devotos de Fátima rezan con fe (1). Levantándose, les dijo que rezaran siempre así porque los corazones de Jesús y María estaban atentos a lo que los niños rezaran. Y desapareció. Lucía cuenta que la continuaron rezando siempre y que nunca se les olvidó. Por la anterior humillante experiencia, les había pedido a sus primitos no contar nada y así pasó un tiempo más hasta una segunda aparición mientras jugaban en el patio de la casa de los padres de la niña. Esta vez el ángel estuvo más serio y severo. ¿Qué hacéis? Preguntó. ¡Rezad mucho! Los Santísimos Corazones de Jesús y María tienen designios de misericordia con vosotros. Ofreced al Altísimo oraciones y sacrificios, concluyó.

Pero la niña, que siempre fue muy despierta y perspicaz, le preguntó qué sacrificios debían hacer. Y he aquí lo que les recomendó y que hemos olvidado: En todo lo que puedan, ofrezcan a Dios un sacrificio como acto de reparación por los pecados con los que Él es ofendido y como súplica por la conversión de los pecadores. Y agregó: Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión todos los sufrimientos y contrariedades que el Señor os envíe. Una preparación para lo que se le venía a la pobre pastorcita Lucía, y tal vez en un futuro a los buenos de toda la humanidad: Incomprensión, persecución y desprecio.

La tercera manifestación del ángel, preparatoria para las apariciones de la Virgen en la Cova de Iria, fue todavía más interesante. Lucía cuenta que estaban rezando de rodillas en el campo y con la frente en tierra la primera breve oracioncita que les había enseñado, cuando un resplandor inundó el lugar y vieron otra vez al mismo ángel mirándolos seriamente. Ahora sucedería algo maravilloso: El ángel flotaba en el aire llevando en la mano izquierda un hermoso cáliz sobre el que estaba suspendida una hostia de las de consagrar y de la que goteaba sangre al cáliz. Lo dejó flotando en el aire junto con la Hostia y se arrodillo con los niños. Entonces les enseñó otra oración de la que ya casi nadie se acuerda (2).

Pero lo más bello sucedió en seguida. Levantándose tomó el cáliz y la Hostia y los hizo comulgar diciendo algo que debería hoy repetirse antes de cada comunión en todas las misas: Tomad y bebed el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad vosotros sus crímenes y consolad a vuestro Dios. Y desapareció.

Nunca jamás olvidarían esto los tres pastorcitos, pero tampoco nunca jamás antes se lo contarían a nadie hasta las memorias de Lucía. Meses después vendría una hermosa Señora un tanto triste, pensativa y seria, más resplandeciente que el sol, y dejaría un mensaje para una humanidad que no quiso atender exactamente lo que Ella pedía.

Por Antonio Borda

____

(1)¡Dios mío!, Yo creo, adoro, espero y Os amo. Pido perdón por los que no creen, adoran, no esperan y no os aman.

(2) Santísima Trinidad, Padre Hijo Espíritu Santo. Os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.