El deseo de conocer en el hombre

 

Redacción (Jueves, 25-04-2019, Gaudium Press) El deseo de conocer lo que está más allá de las apariencias materiales lleva al hombre, como un todo, con todas sus capacidades e inclinaciones, a la búsqueda de un Ser Superior capaz de crear y sustentar todas las cosas, siendo, por tanto, Causa y explicación de todo.

Deseo de lo Absoluto

Al investigar la naturaleza por la simple razón natural, el hombre es llevado a encontrar la verdad; ese es su objetivo cuando busca las razones y causas de las cosas. Entretanto, esa búsqueda recae sobre un Ordenador universal -no un demiurgo simplemente-, sino un Proveedor y Sustentador de todas las cosas, en el cual se encuentra el modelo de bondad y belleza en su máximo grado.

Jolivet, al tratar de la religión natural, dice que, como efecto de las inclinaciones naturales, el ser humano tiende a buscar la verdad en el Ser que la posee en grado absoluto. Así, siguiendo esa tendencia, él siente en lo íntimo de su ser una atracción para el bien y para lo bello que lo conduce a encontrar en Dios el ejemplo y fuente de la Bondad y la Belleza.

Corrêa de Oliveira afirma que el hombre inocente, por medio del asombro con la naturaleza creada, siente en sí una tendencia que lo arrastra a contemplar lo Absoluto:

"A medida que va buscando lo maravilloso, de etapa en etapa, el inocente afina las exigencias de su alma hasta llegar al Ser que es el pináculo, la cúpula de todo el orden del ser, autor de la Creación, perfecto, infinito, absoluto, eterno".

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Vías para conocer al Creador

La búsqueda sedienta de una causa primera para el origen del Universo, presente en todos los tiempos, converge para determinadas vías por las cuales el hombre, analizando y argumentando, puede encontrar el punto de partida de la Creación. Ese Universo puede ser considerado materialmente en dos partes esenciales: seres irracionales y seres racionales. La primera sirve como vía de acceso para que la segunda la utilice en las cogitaciones transcendentes acerca del Universo.

Las vías para ascenderse al conocimiento del Creador tienen su punto de partida en la Creación, en el mundo material, captable por los sentidos externos. De esa manera, los seres racionales pueden, por medio de argumentos convincentes, llegar a ortodoxas certezas que afirman la existencia de un Ser Superior a todos los demás, por el hecho de ser necesario, mientras los demás son contingentes, pues necesitan de una sustentación que no emana de la esencia de sus propios seres, sino de Aquel que posee en sí la causa de su propio existir.

Deteniéndose el hombre por algunos instantes, breves que sean, en la contemplación, por ejemplo, de un panorama montañoso bañado por los últimos rayos del sol que declina en el horizonte, en el cual el cielo parece besar la tierra, normalmente tendría a maravillarse delante del espectáculo. Viendo colores y formas feéricas, él se sentiría atraído y, podríamos decir, casi que arrastrado a reflexionar sobre lo que aquel ambiente paradisíaco transmite al intelecto o al sentimiento humano. Es la ocasión donde el hombre, viendo y admirando los efectos, busca la Causa.

De la belleza a la Belleza

Las bellezas contenidas en el Universo nos hablan de una Belleza mayor, no mutable, pero de la cual emanan todas las demás bellezas (relativas), sujetas al cambio. Esas bellezas mutables son apenas reflejos de una matriz de Belleza de donde se origina ese transcendental.

San Agustín en uno de sus sermones, tratando sobre la belleza, dice:

Interroga pulchritudinem terrae, interroga pulchritudinem maris, interroga pulchritudinem dilatati et diffusi aeris, interroga pulchritudinem coeli, interroga ordinem siderum, interroga solem fulgore suo diem clarificantem, interroga lunam splendore subsequentis noctis tenebras temperantem, interroga animalia quae moventur in aquis, quae morantur in terris, quae volitant inaere [...] interroga ista, Respondent tibi omnia: Ecce vide, pulchra sumus. Pulchritudo eorum, confessio eorum. Ista pulchra mutabilia quis fecit, nisi incommutabilis pulcher?

Por medio de los atractivos buenos, bellos y verdaderos encontrados en la naturaleza material que nos rodea a todo momento, podemos elevarnos a Aquel que es propiamente el Bien, lo Bello y la Verdad por excelencia.

A respecto de la belleza Platón ya hablara en su tiempo. Para él, el principio de una ascensión a la idea divina de Belleza tiene como punto de partida el amor. Es por medio del amor que el hombre podrá contemplar las criaturas corpóreas y dar un paso rumbo a la belleza moral.

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Alcanzando esa belleza puesta en las costumbres, el hombre podrá ascender a las bellas enseñanzas - que otra cosa no es, sino la belleza intelectual - para así llegar a la consideración de la idea de Belleza en sí misma - la Belleza como tal - de la cual las demás bellezas particulares no son sino mera participación. Así siendo, según ese filósofo, el hombre asciende como que a grados que lo llevan a encontrar y conocer, paulatinamente, bellezas superiores, hasta llegar a la Belleza en sí misma, que es increada.

Esa idea, expuesta en el Banquete, nos muestra de forma clarísima lo que Platón pensaba sobre la belleza.

Encontramos en ese pensamiento la conceptualización de la idea del amor vinculada con la idea de belleza; para él, es por medio del amor que el filósofo llegará a una ciencia verdadera (la contemplación de la Belleza en sí misma). Platón atribuirá a la idea de Belleza calificativos "divinos". El propio ser humano, al entrar en contacto con ella, podrá extraer esa "divinización". Él llega a afirmar que toda participación de belleza contenida en el Universo tiene como modelo esa Belleza "inmutable, que no nace ni perece, autosuficiente, simple, incorpórea, divina y que diviniza al hombre que la posee...".

Ese pensamiento platónico es una primera idea, todavía no nítida, respecto a la relación de la belleza por participación con la Belleza subsistente. Claro está que el pensamiento en torno a la belleza, en todos sus grados y formas, se fue desarrollando a medida que el propio ser humano la fue contemplando.

Por el P. Dartagnan Alves de Oliveira Souza, EP