El mal no precisa de un principio para existir

 

Redacción (Jueves, 28-03-2019, Gaudium Press) ¿Cómo una naturaleza santa, pura y justa fue capaz de pervertirse por el Pecado Original, no teniendo en sí misma un principio de mal?

¿Qué responder a esa dificultad, propuesta por una excelente religiosa?

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"Si la naturaleza humana fue creada en el estado de santidad y de justicia - y de la misma manera el ángel decaído, criatura de Dios tres veces santo - el mal no existía en ella. ¿Cómo, entonces, una naturaleza santa, pura y justa, fue capaz de pervertirse, si ella no tenía en sí misma un principio de mal? Y si fue ella misma que creó ese principio nefasto, ¿cómo habrá ella sido santa, justa y correcta en su origen, una vez que la santidad no admite el mal?"

Esta objeción presupone, en el espíritu de la consultora, un conocimiento incompleto del mal, de la justicia original y del pecado del hombre y del ángel.

El mal no es un ente que precise de un principio para existir: aquello que no es una criatura, no puede tener un principio o una causa que lo haga existir. Es un puro defecto, una pura carencia que no requiere para producirse nada más que la defectibilidad de quien lo comete.

No busquemos, pues, el principio del mal como si fuese alguna cosa de positivo, busquemos solamente si existía alguna defectibilidad en aquel que lo cometió.

La justicia original estableció en el hombre un orden perfecto en todas sus facultades; ella lo unía al soberano Bien y - dejándole una aptitud para amar todos los bienes creados - regulaba sus afectos de tal suerte que el amor del bien creado estaba subordinado al amor del Bien increado, del Bien divino.

Pero esa santidad no colocó al hombre en la posesión de ese Bien increado; el hombre no veía a Dios cara a cara, él no lo conocía sino por sus manifestaciones exteriores. Visto y poseído en Sí mismo, ese Bien supremo suple de tal forma las facultades de la criatura, y las atrae de modo tan irresistible, que le resulta imposible separarse de Él. Visto a través de las criaturas, y a pesar de ser conocido como el Bien soberano, Dios no apareció en su belleza y bondad infinitas ni siquiera a los ángeles; Él atrae a Sí la criatura sin colocarla en la imposibilidad de cambiarlo por cualquier bien creado.

La primera santificación dejaba subsistir, tanto en la naturaleza humana como en la angélica, la defectibilidad inherente a cualquier criatura.

No poseyendo el soberano Bien en la plenitud de su fin último, ellas podrían, por su libre-arbitrio defectible, apegarse a cualquier criatura - y, en particular, a su propia excelencia - al punto incluso de olvidarse del Bien supremo. Fue lo que hicieron los ángeles, al elevarse en sus propios pensamientos hasta pretender igualarse a Dios y negarle su sumisión; y el hombre, cediendo al atractivo del fruto prohibido, transgrediendo la prohibición divina. Fue así que el mal entró al mundo, sin otro origen que la deficiencia del ángel primeramente, y del hombre en seguida. Falibles uno y otro, ellos cayeron.

Esta es toda la explicación del mal.

(Traducido, con adaptaciones, de L'Ami du Clergé, de 1907,pp. 125-126.)