Cuando el niño dorado tiene que juntar las manos para rezar

 

Redacción (Jueves, 28-03-2019, Gaudium Press) En notas anteriores (1) (2) hemos seguido, de la mano de Plinio Corrêa de Oliveira, el recorrido del alma de un niño inocente cuando entra en contacto con los seres creados, y se ha esbozado lo que diferencia un niño temperante-inocente de aquel que no lo es, y de cómo la actitud que se asume en contacto con los seres determinará en buena medida el camino de la vida hacia la virtud o hacia el vicio.

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Hemos descrito lo que son los deleites espiritualizados que puede obtener un niño temperante en contacto con el Universo. Por ejemplo contemplando una magnífica catedral como la de Notre-Dame de París: imaginemos que va el chico en lento barco subiendo el maravilloso Sena a las 5:30 de la tarde, hora en la que el poniente resalta la silueta aún no enteramente definida de la gran catedral, pero que a medida que se acerca va notando sus delicados arbotantes, sus torres fuertes aún no concluidas, su maravillosa punta central que arranca decidida hacia el cielo. Y habiendo alguna vez ya entrado, siente el deseo de volver a ingresar, de sentir su acogida materna, de contemplar sus coloridos vitrales que nos elevan y nos instruyen, de recorrer la penumbra en claros-oscuros que puede estar matizada de incienso, de un incienso que vuela y vuela hasta las altas, muy altas bóvedas. Y de algún modo esa contemplación lo hace sentir lo materno, lo grande, lo solemne, e incluso lo mimoso del propio Dios.

El chico que vive en ese mundo de impresiones maravillosas, donde a partir de la contemplación de los seres va escuchando la Voz de Dios, puede creer que se encuentra en el Paraíso Terrenal. Entretanto, llega indefectible la hora de la lucha...

Porque por ejemplo, al salir de Notre-Dame y querer cruzar la calle, tal vez tenga que esquivar un auto que irrespetando el límite de velocidad por poco lo atropella. O caminando más adelante, en los alrededores de la fuente San Miguel, degustando un rico helado de 'mascarpone', ve ingenuo acercarse a un chico en monopatín que intencionalmente lo golpea y le tumba su cono con oscura alegría. O los mil combates que tiene que trabar todo niño en el colegio.

El mundo dorado de sus diálogos interiores con Dios a partir del maravillamiento con los seres creados, se ve amenazado por el mal que circula en el mundo exterior. Y es entonces cuando el niño dorado dice: 'Yo defenderé mi mundo de cristal contra eso que lo quiere destruir', y parte decidido para la lucha, que es dura pero al mismo tiempo noble, pues nada más noble que defender el propio castillo dorado construido con las voces de Dios a partir de los seres creados.

Entretanto, esta no es la lucha más dolorosa, la más terrible...

El peor enemigo surge de dentro del niño de oro, cuando un día cualquiera él percibe que de su propio interior sale la hedionda cobra de la excitación y de la intemperancia, del deseo de comer el helado con agitación, ahora el de mascarpone pero también rápidamente otro de mandarina; de sentir sí placer con Notre-Dame pero de no querer examinar los gustos magníficos que el edificio sacro le produjo, sino de querer correr ya para ver tal palacio, o la torre Eiffel, o tal chocolatería que le dijeron nutrida; intemperancia de ver incluso a un niño inocente probar el mismo helado que él comió minutos atrás, y sentir envidia del dulce y casto deleite que el helado le produce, y querer él mismo golpear al niño inocente. Todo eso existe, sí, y se llama Pecado Original.

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Es entonces cuando el niño dorado debe entender que él sí es de oro, pero que tiene un principio oscuro también interno que solo puede subyugar con la ayuda de Dios. Él, que se sentía muy fuerte señor de su castillo de impresiones maravillosas, debe entender que también es débil y tendiente también hacia todo el horror que detesta. En ese momento la religión se le puede presentar como el pináculo del mundo dorado que ha ido construyendo, y también como los verdaderos cimientos de su castillo, sin los cuáles este se derrumba. El niño dorado debe hacer un acto de humilde grandeza, reconocer su insuficiencia y la suficiencia de Dios. Y debe juntar las manos para orar, y para pedir, fuerzas, que Dios da.

Si hasta el propio Jesús oró y pidió...

Por Saúl Castiblanco