La presentación del Niño Jesús en el Templo

 

Redacción (Lunes, 04-02-2019, Gaudium Press) La Ley del Antiguo Testamento establecía que, completados cuarenta días del nacimiento de un hijo primogénito, este debería ser llevado al Templo a fin de ser rescatado; también la madre del niño debería ser purificada en la misma ocasión.

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A pesar de ser Madre del Hombre-Dios y concebida sin pecado original - por tanto, exenta de tal obligación -, Nuestra Señora, por respeto a la Ley y la tradición, deseó presentar a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad en el Templo de Jerusalén.

La presentación del Niño Jesús en el Templo

Allá se dio el episodio más emocionante de la historia del Templo: el propio Dios Encarnado visita aquel ambiente de oración y recogimiento. En aquel instante, los ángeles, llenos de alegría, invadieron el edificio sagrado.

Sin embargo, Nuestra Señora allí entró sin que nadie notase tan grande presencia.

Simeón, el Profeta escogido por Dios para esta ocasión, recibiendo al Niño en los brazos, alabó a Dios, diciendo: "Ahora, Señor, dejad vuestro siervo ir en paz, según vuestra palabra. Porque mis ojos vieron vuestra salvación que preparasteis delante de todos los pueblos."

María Santísima oía las palabras de aquel anciano que, profetizando el futuro del Niño, agregó: "Es que este niño está destinado a ser una causa de caída y de surgimiento para muchos hombres en Israel, y a ser una señal que provocará contradicciones, a fin de ser revelados los pensamientos de muchos corazones. Y una espada traspasará tu alma."

También Ana, la Profetisa, cantó las glorias del Divino-Niño. Por inspiración, ambos supieron lo que solamente San José y la Virgen María sabían: el Niño era el Hijo de Dios.