Las últimas cruzadas de una Cristiandad que resucitará gloriosa

 

Redacción (Miércoles, 16-01-2019, Gaudium Press) San Luis IX rey de Francia partió a la sexta cruzada con su esposa Margarita de Provenza en 1248. Iban también con él sus tres hermanos: Roberto, Alfonso y Carlos. El rey había dejado a su madre Doña Blanca de Castilla el gobierno y cuidado de todo el reino y de sus tres hijos nacidos hasta ahora. Otros dos nacerán en plenos combates, y el resto del total de los once, nacerán cuando la pareja real regrese a Francia. Pero el regreso va a ser doloroso e inolvidable.

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San Luis Rey, Catedral de San Pedro, Saintes, Francia

Con el rey habían ido también a esta cruzada los mejores barones feudatarios de su reino, y todo el prestigio como la riqueza de la corona había quedado hipotecado con los préstamos de judíos y burgueses no solo de Francia sino de Génova, Venecia y Florencia. Era Papa en aquel entonces Inocencio IV en pugna con el emperador de Alemania y rey de Sicilia, el enigmático Federico II compinche de los enemigos de Cristo.

La expedición había tomado ya a Damieta y se preparaba ahora para llegar al Cairo. No sería exagerado registrar que había probablemente demasiado optimismo y alegría entre los ejércitos cristianos. Los hechos han sido narrados y descritos con profusión de detalles por muchos historiadores que han inquirido con paciencia profesional cartas, relatos y otros documentos que dan testimonio fidedigno de lo que pasó, entre ellos la incontrastable y veraz Régine Pernoud.

¿Qué pasó? ¿Que Roberto de Artois hermano del rey se lanzó atrevidamente a la vanguardia distanciándose demasiado y perdiendo el apoyo del resto del ejército? ¿Que los musulmanes abrieron las esclusas del Nilo e inundaron el terreno haciendo imposible el movimiento de las tropas cristianas? ¿Que el grueso de ellas se fragmentó demasiado en pequeños grupos y tuvieron que pelear siempre en minoría contra guerreros conocedores del terreno? ¿Que se había esperado mucho tiempo antes de iniciar operaciones, y mosquitos y malaria tenían con fiebre y soltura a la gran mayoría de los combatientes cristianos? Que... ¿Dios y sus ángeles se retiraron del escenario? ¡Misterio! Lo único realmente comprobable es que el desastroso acontecimiento y la dolorosa e humillante derrota se recogió -como diría el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira alguna vez en sus inolvidables clases de historia- a los inescrutables esplendores del Padre Eterno. Y de todo eso seguramente sabremos con fidelidad cuando estemos ya en la Eternidad. O posiblemente antes, si Dios quiere.

La tragedia se cierne sobre el Rey Santo

Pero la historiadora es cruda: "El espléndido ejército de Cristo había sido aniquilado. Los vencedores de Damieta yacían ahora muertos a las orillas del Nilo. (...) Luis, el Rey, afectado por la epidemia que minaba las fuerzas del ejército, hasta el punto de que su cocinero Isambart tenía que cargarlo a cuestas y se había visto obligado -al fundírsele las entrañas como cera, a descocerle el fondo de las bragas. (...) ¿Qué significaba semejante desastre? El Rey más santo de la cristiandad toma las armas, y es precisamente a él a quien se inflige la peor de las derrotas que hayan tenido que sufrir los cruzados en ultramar". (1) Entretanto Federico el emperador agnóstico y excomulgado, seguía de fiesta en fiesta y en reuniones con sabios y científicos de otras religiones.

Para completar, las noticias en Francia generan un levantamiento popular contra el clero y el Papa, culpándolos de haber abandonado al buen rey. Se decía también que el malicioso Emperador Federico II había enviado un emisario disfrazado de mercader a informar detalladamente a los musulmanes los movimientos de San Luis y el número de sus tropas. Se tuvo que pagar una suma enorme para rescatar al rey prisionero del sultán de Egipto. Hubo ciudades de Italia que festejaron la derrota. El rey de Francia regresará a sus tierras cuatro años después arruinado, enfermo y con más de la mitad del reino hipotecado. Menos de veinte años después iniciará la séptima y última cruzada contra Túnez que le costará la vida apenas unos meses después en tierras no cristianas.

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Es el penoso final de las cruzadas en 1270 y el comienzo de una gloria imperecedera para toda la cristiandad: Luis IX de Francia entra triunfante al Cielo dejando tras de sí una estela multicolor de luces resplandecientes y maravillosas porque Cristo se lo ha llevado a su lado para hacerlo santo de altar, cuya memoria y veneración todavía hoy perdura y perdurará para siempre mientras este mundo fuere mundo. Pero ¿solamente para hacerlo un santo de altar?

Enrollados ya los pergaminos donde Dios escribe la historia, la Eternidad seguirá cantándolo por siempre sin fin. Se puede decir entonces que las cruzadas cierran con broche de oro magnífico y tachonado de piedras preciosas, una etapa de la Cristiandad a la vez que abre otras rumbo al Reino de María, cuando este rey sacrificado a sus 56 años de edad regrese con sus mejores barones a ayudar a instaurar el triunfo del Inmaculado Corazón de Nuestra Señora previsto en Fátima en 1917. Recémosle con intensa fe y amor eficaz para que eso se realice ya, porque los bienaventurados del Cielo están por regresar, las cruzadas no han terminado y la sufrida lucha va a empezar.

Por Antonio Borda

(1) Régine Pernoud, La Reine Blanche, Ed. Albin Michel, S.A., 1972, pag. 247 y ss.